"Cuando la Navidad se convierte en abuso"
La Navidad no puede ser una excusa para explotar a la gente.
Y mucho menos para vulnerar la ley.
En los últimos años se han normalizado prácticas que, lejos de proteger el interés general, perjudican directamente a ciudadanos, familias y pequeños operadores. Prácticas que deben ser señaladas con claridad, porque callar también legitima.
Precios abusivos: la ilusión no puede ser un lujo
No es aceptable que las atracciones, la alimentación o los productos básicos en eventos navideños alcancen precios desorbitados, inaccesibles para muchas familias. Cuando un evento se desarrolla en espacios públicos y se presenta como “familiar”, no puede funcionar como un recinto elitista encubierto.
La Navidad debe ser inclusiva.
Y los precios abusivos excluyen.
Suelo público no es negocio privado gratuito
Un principio básico del derecho administrativo es claro:
nadie puede lucrarse en suelo público sin cumplir las obligaciones legales.
Un operador privado no puede cobrar por el uso de un espacio público si no ha abonado previamente las tasas, licencias y cánones que exige la normativa. Hacerlo no es creatividad empresarial: es una irregularidad.
El espacio público pertenece a todos.
Y su explotación debe estar regulada, fiscalizada y justificada.
Control opaco del dinero: una práctica inadmisible
No se puede permitir que los ingresos de los puestos se controlen mediante sistemas cerrados o tiques diseñados para conocer cuánto factura cada operador, con el único objetivo de replicar el negocio en ediciones posteriores desde la organización.
Eso plantea un problema grave:
Competencia desleal
Uso indebido de información económica
Ventaja ilegítima frente a terceros
El organizador no puede copiar los puestos de otros, ni apropiarse de modelos ajenos para explotarlos después en beneficio propio.
Repetición disfrazada de novedad
Tampoco es aceptable repetir año tras año el mismo formato, los mismos contenidos y los mismos puestos, intentando maquillar la falta de creatividad con una única novedad cosmética.
La innovación no se simula.
O existe, o no existe.
La repetición sistemática empobrece la oferta, cansa al público y convierte la Navidad en un producto sin alma.
Dinero público para negocios privados: línea roja
El dinero público tiene una finalidad clara: el interés general.
No puede utilizarse para sostener, pagar o rescatar negocios privados, directa o indirectamente, bajo el paraguas de un evento festivo.
Cuando hay financiación pública:
debe haber concurrencia
debe haber transparencia
debe haber control
Cualquier otra cosa es un uso indebido de recursos que pertenecen a todos.
Seguridad, licencias y responsabilidad
No se puede autorizar la apertura de un evento o negocio en espacio público sin comprobar previamente que cumple con todos los requisitos de seguridad: planes de emergencia, evacuación, seguros, instalaciones eléctricas, aforos y personal cualificado.
La seguridad no es un trámite.
Es una obligación legal y moral.
Sin exposición pública no hay legitimidad
Y, por último, pero no menos grave:
no se puede conceder una plaza pública ni aprobar un proyecto sin una previa exposición pública real, transparente y accesible.
Sin publicidad:
no hay igualdad de oportunidades
no hay concurrencia
no hay democracia administrativa
Las decisiones opacas generan desconfianza.
Y la desconfianza destruye la credibilidad institucional.
Conclusión: la Navidad no puede ser territorio sin ley
Esto no es una cruzada.
Es una advertencia.
La Navidad no puede convertirse en un espacio donde todo vale, donde se normalizan abusos, precios excesivos, opacidad económica y decisiones administrativas sin control.
La fiesta pertenece al pueblo.
El dinero es público.
Y la ley es de obligado cumplimiento.
Quien no esté dispuesto a respetar estas reglas básicas, no debería gestionar ni representar un evento que se presenta como público y navideño.
Porque la ilusión no justifica el abuso.
Y la Navidad, para ser verdadera, debe ser justa.




















